Nos vemos en www.sheilacuriel.com

¡Hola a todos! Este post es un poco diferente a todos los demás… Se trata de una despedida y, a la vez, de una bienvenida.

Por que tengo el placer de presentaros…

http://www.sheilacuriel.com

Mi nueva página web. A partir de ahora podréis encontrar todos los post del blog en la sección BLOG de la nueva página. Sigue siendo MYLITTLEWORLD, solo que ahora también podéis disfrutar de todos mis trabajos en el resto de secciones.

Espero que lo sigáis disfrutando. Os espero en http://www.sheilcuriel.com

¡Abrazos!

Sheicreative

Agitando las alas…

Cuando escribes un blog o publicas algún dato personal en una red social, sueles contar lo bonito que es todo, el precioso color que tiene el cielo ese día o las maravillosas flores que hay a lo largo del camino. Contamos lo bien que nos sentimos o lo genial que nos va la vida. Pero nadie te cuenta los malos momentos o el feo aspecto que toman las flores cuando se marchitan.

No quiero que este sea un post triste o desalentador, ni mucho menos. Pero no nos engañemos, no es oro todo lo que reluce. Incluso viviendo un sueño, incluso sintiéndote pleno y feliz, todo el mundo tiene momentos de flaqueza y desánimo. Te sientes como un pájaro atrapado en una red, agitando las alas con fuerza para escapar y poder seguir volando. Supongo que es algo normal, y que al leer esto, tus labios hacen una mueca dándome la razón.

Estando lejos de los tuyos, ¿te has sentido solo alguna vez? ¿Has tenido ganas de coger un avión y volver a casa sin importarte el esfuerzo que has dedicado hasta llegar ahí? Yo si lo he sentido, lo confieso. Y creo que no soy la única. Somos humanos y, como tal, forma parte de nuestro caminar. Sinceramente, creo que es muy importante ser fuerte y aprender a estar solo, a disfrutar de la soledad, pero sin dejar de necesitar a las personas o un buen abrazo de vez en cuando.

Estar solo no es lo mismo que sentirse solo.

Dicen que necesitamos un mínimo de cuatro abrazos al día para sobrevivir. Y cuando te sientes solo, la mejor medicina es, sin duda, un abrazo. Da igual de quien provenga, lo importante es la energía que trasmite. Y notar como te envuelve con sus brazos y acaricia tu espalda dándote su protección y compartiendo su energía contigo para hacerte sentir mejor. Y entonces sobran las palabras.

Es extraño pensar que solo me desahogo de verdad plasmando las palabras en un papel y siendo el lápiz el cómplice de mis secretos. En los viajes en metro, o en la oscuridad de mi alcoba, le cuento cada uno de ellos de la manera más sincera.

No puedo evitar que se me encharquen los ojos al describir estás sensaciones. Cuando estás lejos de casa, los días pasan deprisa y, a la vez, muy despacio. Esta ciudad incita mucho a caminar y perderte entre sus calles. Es maravillosa, pero a veces sientes una sensación rara porque puedes estar rodeado de muchísima gente y sentirte solo, más solo que nunca. Gritar y sentir que nadie te está escuchando. Y hay días en los que, simplemente, necesitas alejarte de todo eso. Sales de casa y caminas. Caminas esperando descubrir nuevos rincones, una mirada, o una sonrisa que te inspiren para seguir adelante.

Cuando piensas en la ciudad de Nueva York notas como te vienen a la mente imágenes de edificios interminables, gente caminando a toda prisa y mucho estrés. Sin duda, estás en lo cierto, es así. Pero también hay otra Nueva York inundada de zonas verdes y con una cantidad de árboles desmesurada. Parques en los que te puedes adentrar y perderte hasta el punto de sentir que te encuentras en un bosque. Y toda señal de que estás en la capital del mundo, de pronto, desaparece. Ya no escuchas nada. Silencio. El tiempo se para por un momento. Es solo un corto momento. Pero tu mente se relaja y respiras. Respiras profundo y no puedes evitar sentirte aliviado, aunque solo sea por un instante. Te sientas sobre el verde césped, a veces frio, a veces húmedo por la lluvia. Miras al cielo y descubres los pedacitos de luz que se cuelan por entre las hojas de los árboles. El aire acaricia tu piel suave, lento, Y entonces cierras los ojos y aparece una imagen, aparecen ellos. De pronto, puedes visualizar a tu familia, a todos tus amigos… Recuerdas sus sonrisas y lo bien que lo pasasteis aquel último día antes de la despedida. Y aunque intentas evitarlo, una lágrima brota atravesando tus pestañas y resbalando por tu mejilla. Y abres los ojos, y vuelves a aquel bosque, pasando de estar solo a sentirte solo. Y te entra la “morriña”, y lloras mientras sonríes ante esa situación tan agridulce. Sabes que estás en el sitio que debes estar, pero te gustaría que la teletransportación ya fuese un hecho para, en un chasquido de dedos, aparecer en el salón de tu casa durante un momento, durante lo que dura un abrazo, una caricia o simplemente suspiro de alivio. Te gustaría que aquellos que echas de menos estuvieran ahí contigo, disfrutando también de la brisa que mece tu pelo y acompañándote en el arduo camino.

Echar de menos creo que es una de las cosas más bonitas que te pueden suceder cuando estás lejos. Puede sonar extraño, pero es mucho más sencillo de lo que parece. Es la parte que demuestra que este post habla de algo positivo. Echar de menos significa que hay gente importante a tu alrededor en la que piensas y, en la mayoría de las ocasiones, que también piensa en ti. Lo triste seria irse lejos y no tener a nadie a quien echar de menos, que te esté esperando o que tenga un momento para escribirte para ver como va todo, atento y preocupado por que todo te salga como lo llevas planeando desde niña. Sin estar, están. Y están mucho más cerca de lo que a veces pensamos. Despiertan sensaciones que solo cuando hay cariño son posibles de palpar. Recibir una visita que no esperas, o que cada vez que hagas una video conferencia tu estomago note como se entrelaza un pequeño nudo y al colgar sientas un pequeño desaliento, o derramar lágrimas después de ver una foto de aquella boda a la que no pudiste asistir, o un sencillo mensaje de alguien que te quiere dándote ánimos para que no te rindas. Todo eso es lo que hace que todo por lo que estás luchando merezca un poco más la pena.

No hay que tener miedo de volar lejos, ni de quedar atrapado en alguna red de soledad momentánea, por que con el fuerte agitar de tus alas lograrás escapar para poder seguir tu camino.

Yo, por mi parte, no tengo miedo de seguir volando y agitando mis alas lo más fuerte que puedo.

Y si, te extraño. Y si, te necesito. Y se que me estás esperando… Pero cierro los ojos y te encuentro. Y estoy contigo.

Y te abrazo, te abrazo, te abrazo, te abrazo.

blog 005

Fuegos artificiales…

Lo que más me gusta de esta ciudad es que da igual lo raro que seas, el color de tu piel, tu manera de vestir, el color de tu pelo, o el número de tatuajes o pendientes que llevas. Si miras al suelo, bien. Si cantas en alto, bien. Si hablas solo… Bien también. En Nueva York todo vale y nadie te juzgará por ser como eres. Eso hace que ser uno mismo sea mucho más sencillo.

Nueva York está lleno de artistas callejeros, jóvenes que bailan hip hop o se deslizan entre las barras de metal del metro como si fueran de chicle, violinistas, cantantes, incluso de ópera… Todo lo que te puedas imaginar. En esta ciudad, como en muchas otras, el arte está en la calle. Todos los días, al volver de clase, veo a la misma mujer en la estación del Subway. Va vestida de manera muy sencilla, casi de andar por casa, con su pelo rizado y sus gafas de sol. Siempre está en el mismo sitio, acompañada de su altavoz y de una caja llena con sus cds de música. Debió tener su momento de gloria en los años 80-90, ya que las portadas de los discos dejan ver un look al más puro estilo de aquellos años. En cada nota, en cada canción, con una voz al más puro estilo del jazz americano, desgarrada y limpia a la vez, abre su alma a los que allí esperamos la llegada del tren. La gente deja dólares en esa caja desgastada por el uso, ella les sonríe, les bendice y les dedica la siguiente nota. Hay gente que debería estar sobre un escenario y no en la estación de metro. La vida es injusta.

Es increíble como, de pronto, los planetas se alinean y todo empieza a suceder sin apenas darte cuenta. Una sesión de fotos por aquí, maquillas y te sientes como un niño pequeño con zapatos nuevos… Una colaboración como fotógrafa por allí. La creatividad se dispara y la gente que acabas de conocer se vuelve cada vez más interesante. Pasan cosas diferentes todos los días, no puedes hacer planes o decir “hoy me quedo en casa”. Hay tantas cosas que hacer, que quedarte en casa es prácticamente imposible. Pasear por Central Park o perderte por las calles de Soho…

El tiempo en esta ciudad pasa muy deprisa. Las horas se van como los pájaros cuando emigran y buscas la manera de estirar los minutos, pero es imposible. Creo que los días aquí deberían tener al menos 10 horas más para que tuviese sentido…

Entonces, sin apenas darme cuenta, llegó el 4 de Julio. Ese mismo día, en el año 1776 se reunieron 56 congresistas estadounidenses para aprobar la Declaración de Independencia de los Estados Unidos que Thomas Jefferson redactó con la ayuda de otros ciudadanos de Virginia. Sin duda, un día importante para los americanos.

A la espera de la visita del huracán Arthur, que acechaba Nueva York, no lo celebré por todo lo alto, pero no quería perderme la explosión de patriotismo americano en un día tan especial para ellos. Me habían hablado de los famosos fuegos artificiales que se alzarían sobre el río Hudson para que el barrio newyorkino de Brooklyn no se perdiese ni un solo detalle. Se escuchaban rumores de cancelación y no quería creer que ese dichoso Arthur fuese a fastidiarlo todo. El día estaba raro, y todo apuntaba a que nos perderíamos el aclamado momento. Pero, finalmente, Arthur nos dio tregua y una avalancha humana comenzó a invadir las calles para ver aquel maravilloso espectáculo.

Me desplacé hasta Brooklyn para vivirlo lo más cerca posible. Siempre que veo fuegos artificiales me acuerdo de mi madre, a las dos nos encantan y los disfrutamos como si fuésemos niñas. Así que, en ese momento, estaba especialmente pensando en ella. No nos dejaron llegar hasta la orilla del río por la cantidad de gente que había por la zona, pero nos mezclamos con los vecinos de aquel barrio y me sentía como una newyorkina más entre aquella marabunta.

Cuando comenzaron los fuegos se veían muy lejos y eran muy bajos… Me decepcioné por un momento, ya que me esperaba mucho más. Como era posible que alguien que hace espectáculo de cualquier cosa, está vez, y en tan importante ocasión, fuera a decepcionarme. Me había adelantado en mi decisión, lo mejor estaba por llegar y, como siempre, acabaría sorprendiéndome.

Aquellos fuegos que no me habían sorprendido solo eran los preliminares, minutos después, cuatro enormes y altas columnas de fuegos artificiales, con el blanco, el azul y el rojo como colores principales, iluminaron el skyline nocturno de Nueva York. Ahora si que estaba viendo un buen espectáculo. A esto me refería. La gente a mi alrededor gritaba y silbaba. Alzaban los brazos y aplaudían con una fuerza desmesurada. Había pasión en sus miradas. Era su día, su momento, su celebración esperada. Me estremecí y sonreí feliz al ver como se iluminaba el cielo. Creo que fue el momento en el que realmente me di cuenta que estaba donde tenía que estar, que ya no me hacía falta pellizcarme para darme cuenta que todo lo que está pasando es real.

Aquellos fuegos artificiales, para mi, significaron mucho más que el día de la independencia estadounidense.

Seguiré caminando por las calles de está ciudad que me enamora cada día, viendo a los artistas callejeros, y dejando algún dólar de recompensa por amenizarme el paseo.  No importa lo deprisa que pasen los minutos, las horas y los días, al final, iré más deprisa que ella.

Nueva York, puedes correr todo lo rápido que quieras. Te piso los talones y aún no estoy cansada.

Te alcanzaré.

blog 004 b

 

En la Sabana…

La gente que no ha visto nunca un musical o no les llama la atención, no conoce la sensación de la que me dispongo a hablar. Aunque en este caso es una perspectiva diferente que posiblemente solo la gente que trabaja en esto pueda entender, os invito a todos a que, si llegáis a sentir un poco la sensación que relato a continuación, probéis a experimentarla en un teatro.
Desde siempre se que me gusta el teatro y la música. Pero poner todo eso en un mismo recipiente y agitarlo, es una de las cosas más maravillosas que he vivido. Sobre todo, el haber podido formar parte de esa magia que desprende el teatro musical. Cuerpos que se mueven al unísono, voces que se mezclan y se compenetran a la perfección y gestos que lo dicen todo.
Actores, cantantes, bailarines, músicos, equipo técnico, acomodadores, taquilleros… Un reparto mucho más grande de lo que la gente ve sobre el escenario está detrás, entre bambalinas, corriendo de un lado para otro para que nada falle, para que cada cosa funcione y luego, sobre el escenario, luzca como nunca.
Hace mucho que tomé la decisión de venir a vivir a Nueva York. Unas de las cosas que me empujaban a esta “locura” era Broadway. Una larga calle situada en Manhattan, plagada de teatros con los mejores musicales del mundo. Carteles luminosos que llaman tu atención a cada paso que das, y que te invitan a pasar un rato de desconexión y disfrute.
He tenido la grandísima suerte de trabajar entre las bambalinas del teatro musical en España en una de las productoras más importantes del mundo. Ni en mis mejores sueños lo habría podido imaginar. Y ahí estaba yo, maquillando a aquella “Bestia” para que después se convirtiese en príncipe, creando el momento de mayor expectación y dejando a más de uno ojiplatico y con la boca entre abierta.
Soy una persona con los pies en la tierra, o como dice mi madre “con la cabeza bien amueblada”, pero me niego a dejar de soñar cada día y cada noche de mi vida. Os puedo asegurar algo, los sueños se cumplen. Puede soñar extraño, incluso fantástico, pero es cierto. Si tienes un sueño no dejes de perseguirlo, lucha. Por que, de verdad, los sueños se cumplen.
Poco antes de venir a Nueva York llegó a mi una grata noticia. Un compañero español debutaría como actor principal en “The Lion King”, en Broadway. Tuve que leer un par de veces la noticia para darme cuenta de que no se trataba de una broma. La alegría invadió mi cuerpo y una sonrisa se dibujó en mi cara.
Hace un par de días compré mi entrada para ver uno de los musicales más importantes que, además, lleva en cartel más de diez años. Me puse nerviosa. Había pasado mucho tiempo esperando este momento. Y para más emoción, vería sobre las tablas de Broadway a mi compañero Esteban Oliver. No podía estar más emocionada.
Según se acercaba el día, los nervios afloraban, ¡The Lion King en Broadway! Lo escribo, lo repito con los labios y me sigo estremeciendo.
Una larga cola de gente espera en la puerta del teatro para entrar y ocupar sus localidades. Una marea humana invade el Minskoff Theatre para vivir el gran espectáculo. Me adentro en los pasillos y subo las escaleras hasta llegar a mi butaca, la número 146. Estoy arriba y desde aquí todo se ve de maravilla. La gente comienza a sentarse y un telón al más puro estilo de la Sabana africana reina en el espacio. No puedo parar de moverme y de respirar con fuerza y deprisa. Estoy nerviosa, emocionada y algo triste a la vez. Recuerdos de buenos momentos vividos entre bambalinas recorren mi mente. Es tan bonita la sensación de saber que detrás de ese telón todo se está fraguando…
Y entonces las luces bajan poco a poco hasta quedarse todo a oscuras. Comienza a sonar la música y un escalofrío me recorre la espalda. Un cumulo de sensaciones se disparan en mi interior y lágrimas se escapan de mis ojos resbalando por mis mejillas. “Es posible” pienso para mis adentros. “Estoy en el sitio adecuado para que sea posible”
Comienza un espectáculo lleno de color, danza, sorpresas y emoción… Los pelos se erizan a cada canción y el corazón late más rápido a cada paso de baile. Y entonces, Zazú hace su aparición en escena y no puedo evitar saltar de alegría.
“Es posible” pienso de nuevo.
Despejo mi mente, me adentro en la Sabana y me mezclo con ellos, no hay nada más allí. Ellos y yo. Y vuelvo a ser una niña soñadora, y lo disfruto como si fuese la primera vez que piso un teatro. Me evado, me pierdo entre las notas musicales y me dejo llevar por esa magia que desprende. Se me escapa un pequeño llanto, una sonrisa e incluso alguna carcajada. Y Esteban está de maravilla, y todo el reparto están de maravilla. Disfruto cada instante y cada palabra, cada color. Todo.
Y entonces se acerca el final y no quiero que termine. Quiero parar el tiempo y no dejar de vivir ese mágico momento. Pero es inevitable, el espectáculo tiene que llegar a su fin. Entonces me levanto y arranco un aplauso. Aplaudo como si no hubiese mañana. Y me duele, pero no me importa. No puedo dejar de aplaudir y de sentirme viva. Y me tiemblan las piernas, y los brazos. Y mi corazón bombea sangre a mil por hora. Sale Esteban y me destrozo las manos, y grito “¡guapo!” con la esperanza de que pueda oírme desde la lejanía. Bajan el telón, pero no dejo de aplaudir. El telón se eleva de nuevo y yo sigo aplaudiendo. Que momento tan mágico.
Salgo del teatro y mi cuerpo está raro. Tengo una sensación un tanto extraña. Agridulce quizá.
Me ha encantado, pero necesito más. Necesito vivirlo desde el otro lado, desde la otra perspectiva. Con esos nervios de los cinco minutos antes del comienzo, de comprobar que todo esta listo, de que nada puede fallar…
Llegará el día, se levantará el telón… Y yo estaré detrás, entre bambalinas, cuidando cada detalle para que alguien pueda, también, disfrutar del espectáculo como yo lo hice.
Broadway no te despistes porque yo no dejo de soñar.
Y no pienso rendirme.
Lo digo aquí y ahora.
Amigos, nos vemos en Broadway
blog 003

Como en casa…

Se encienden los motores y la maquina coge velocidad de vertigo. Pronto dejamos de tocar el suelo para comenzar a volar hacia mi nueva aventura.
Aún no salgo de mi asombro al pensar en como, por fin, estoy sentada en la fila 8 de ese avión que me lleva un poco más cerca del sueño. Los aviones deberían ir más deprisa, 8 horas es demasiado tiempo. Escuchar música, ver películas, dar paseos… Hacer cola para el baño… Si, es demasiado tiempo de espera. Y cuando tu mente está ocupada pensando en que no ves el momento de llegar, de empezar a hacer todas esas cosas que se pasan cada día por tu mente es aún peor, el tiempo se ralentiza y los nervios se multiplican.
Y entonces…
Ya estamos en el JFK de Nueva York. Aún lo recuerdo y se me pone un nudo en el estomago. Esa sensación de que ya estás, has llegado. Bajas del avión y piensas que seguro que la espera ha merecido la pena y aquello que dicen de que todo llega, es verdad.
Tu boca esboza una sonrisa cómplice de tus pensamientos y te das cuenta de que estás despierta y de que lo que parecía un sueño, ahora es una realidad. Te sientes como en casa y comienza la aventura…
Tengo que reconocer que la primera semana fue dura. La gente que ya está aquí, sabe como es llegar a una ciudad donde todo es nuevo y no conoces apenas a nadie. No puedo estar más agradecida a los que han estado ahí para mi. A pesar de esto, estar en casa ajena, por muy bien que te traten, no es lo más cómodo. Invades su espacio y todos necesitamos nuestro espacio, aunque sea para quedarte mirando al techo pensando en toda la gente que echas de menos.
Necesitaba encontrar mi lugar.
Después de unos días de buscar, deliberar y realizar la difícil tarea de encontrar una habitación decente en Nueva York, gracias a un nuevo amigo, encuentro habitación. Una pareja de Valencianos que vive en Harlem, con un compañero de piso canino de lo más peculiar llamado Pancho, tienen una habitación libre.
Para empezar me parece una opción más que aceptable, genial diría yo. Mi inglés, a día de hoy, no es una maravilla. Espero que sea por poco tiempo, pero mientras tanto…
Llevo poco más de una semana aquí y cuando camino por Manhattan, todavía me quedo embobada mirando hacia arriba buscando el final de los edificios, o perdiéndome en los jardines y parques. Es alucinante que una cuidad tan civilizada tenga tanto verde. Tanto que incluso te permita perderte.
Mi mente está colapsada con ideas, tareas y cosas que quiero hacer y ver. Estar sola deja tiempo para pensar en todo, a veces incluso demasiado. Tengo la sensación de que el tiempo se escapa de entre mis dedos, pero luego paro, respiro y pienso… Acabo de llegar, tengo que ir poco a poco y tener paciencia. Sin prisa, pero sin pausa.
Lo que más me alucina de esta ciudad es la cantidad de gente diferente que habita en sus calles. Y toda aquella que puedes llegar a conocer. Se conoce gente todos los días, aquí cualquier sitio es bueno para un “¿qué tal?”. Gente sorprendente, y en ocasiones peculiar, con la que creas un bonito vínculo, por que todo aquel que viene a Nueva York tiene una historia. Las hay de todo tipo, desde una bonita historia de amor hasta un intento de triunfar en el mundo de la música, pasando por un sueño de trabajar en las mejores revistas de moda o un tipo con suerte al que le tocó una Green Card.  Gente solitaria y soñadora que te abre su alma y te cuenta su historia esperando después poder escuchar la tuya.
Y lo curioso de todas esas historias es que la mayoría empieza de la misma manera “Siempre he estado enamorado de esta ciudad y cuando la conocí, supe que volvería…”
Y aquí estamos todos, enamorados de una ciudad plagada de rascacielos donde hay millones de oportunidades y a su vez una cantidad desmesurada de personas esperando encontrarlas.
Yo, de momento, voy a por todas.
 blog 002